Eliminando dimensiones

Hoy me pongo de luto porque acabo de enterarme de otro ataque silencioso y mortal al ser humano: Nuestro sistema educativo español elimina la filosofía como asignatura obligatoria de 2º de bachillerato a partir del año que viene.

Este hachazo a la filosofía se une a la tendencia en los últimos años de ir eliminando o reduciendo disciplinas consideradas “inútiles” como la música, la pintura, la literatura o la retórica. Precisamente todo aquello que nos hace humanos. Sentirnos maravillados simplemente por el milagro de existir, estremecernos con una pasaje musical, sentir curiosidad por el mundo que nos rodea y hacernos preguntas (independientemente de si son “útiles” o no), buscar el porqué de las cosas y de nosotros mismos. Preguntarnos por nuestro lugar en un Universo tan maravilloso como indiferente a nuestros anhelos y sufrimientos.

Con esta nueva amputación, la educación reglada intenta reducir el ser humano a un cúmulo de “funcionalidades prácticas” que muy pronto van a quedar desfasadas —ya lo están siendo— por las infinitamente más eficaces habilidades y capacidades de la Inteligencia Artificial y sus robots. Es una carrera inútil, perdida de antemano, y por la que los sucesivos gobiernos apuestan ciegamente porque consiguen engañar a sus votantes repitiendo el slogan: “Preparando a las nuevas generaciones para el futuro”.

Se pretende así reducir al ser humano a solo dos dimensiones:

  • La dimensión utilitaria, práctica, en la que es considerado como elemento productivo puro —un mero robot o engranaje útil—, sin más sentido, valor o medida que su capacidad de realizar un trabajo útil que aumente el PIB del país.
  • Y la dimensión lúdica, de diversión instantánea y descerebrada, de consumo estúpido de ruido explosivo y sin trascendencia, cuyo currículum oculto introducido en la mente de las nuevas generaciones podría ser: “No hagas preguntas: Trabaja y diviértete (gastando el dinero que acabas de ganar)“.

Dicha diversión ha de ser inmediata, hueca, ruidosa y efímera. Inmediata para acallar cualquier pensamiento profundo que pueda poner en duda el status quo tanto social como personal. Hueca para no dejar ninguna semilla que perdure en el alma y nos haga crecer interiormente. Ruidosa para espantar el necesario aburrimiento que precede a toda actividad creativa y acallar también cualquier vocecilla interior o espacio vacío en el que detenerse a pensar por un (angustioso) momento en el tipo de vida que llevamos. Y necesariamente efímera para necesitar una reposición rápida con nuevo material que nos mantenga enganchados al impulsivo hábito de comprar, usar y tirar.

1984 vs Un Mundo Feliz

A finales del siglo pasado hubo un gran debate sobre quién tendría razón, si Orwell y su 1984 o Huxley y su Mundo Feliz; sobre qué tipo de futuro esperaba a la Humanidad. Pero como explicó Stuart McMillen en 1985, indudablemente ganó Huxley, aderezado con algunos toques de Gran Hermano para facilitar nuestro control: Hoy, más que la Roma decadente, las masas sólo piden pan —en forma de trabajo/renta— y circo —que les dejen divertirse.

(Donde “divertirse” tiene como origen etimológico “verterse fuera”. Es decir, evitar encontrarnos con nosotros mismos en un proceso de fuga perpétua, siempre alejados de nuestro ser y de la posibilidad de conocer nuestra identidad íntima).

Se produce así un bucle de retroalimentación positiva que refuerza los gobiernos a seguir profundizando en el proceso de simplificación y eliminación de las dimensiones de la vida humana. Pues cuanto más imbécil (en el sentido de Fernando Savater) y menos sentido crítico tiene el individuo, más fácil es controlar la masa en la dirección elegida por el poder. Esto es, en la dirección que aumenta el poder estatal y disminuye el poder del individuo. Incluida la facultad previa para ejercer cualquier poder a nivel individual —la libertad.

La urgencia de recuperar a Marcuse

Herbert Marcuse decía en El hombre unidimensional que el ser humano no puede reducirse a su efecto en la actividad económica, eliminando el resto de dimensiones “no útiles” de su existencia (desde el punto de vista del PIB o del control gubernamental). Además, la tiranía de lo económico en todos los ámbitos de la vida redunda en aumentar las posibilidades de una diversión continua que elimina cualquier pausa crítica sobre nuestra propia vida, personal o social.

El objetivo de la vida ya no es preservar la sagrada e íntima libertad de que cada uno elija cuál es su objetivo en la vida, sino algo tan hueco, repetido e indefinido como el “ser feliz”. Ser “feliz” entendido como la ausencia de cualquier dolor, de cualquier ansiedad o sufrimiento. El ser humano unidimensional ya no se plantea la vida como una búsqueda del sentido de su propia existencia, sino simplemente como una carrera por escapar de cualquier situación o pensamiento incómodo que nos aleje de un estado de felicidad permanente y hueco. Un estado de felicidad idiota en las antípodas del nirvana budista o la ataraxia griega. Una felicidad adormecida tanto por la cultura de auto-ayuda como por la invasiva publicidad que respiramos continuamente.

Basta contemplar la televisión, o cualquier canal de youtube con varios millones de seguidores, para darnos cuenta del escaparate hueco que representan todas esas sonrisas de felicidad idiota. Un tipo de felicidad autoritaria y dictatorial, pues si no proyectas ese mismo mensaje al mundo, será el resto de la sociedad el que se encargue de excluirte como deprimido, inadaptado o friki. Los nuevos apestados.

Marcuse nos enseña que cuando perdemos el resto de dimensiones de lo que es ser persona, perdemos también la capacidad de imaginar otros mundos y por lo tanto de cambiar éste en el que estamos inmersos. Ni siquiera —en el caso de estar bien adaptados y ser suficientemente funcionales dentro de esta sociedad disfuncional— tendremos la capacidad de darnos cuenta de que algo va mal.

Toda cultura pertenece a una estructura ideológica que tiende a perpetuar el sistema que la genera, desviando las acciones individuales de la emancipación así como de la propia comprensión de la realidad en la que se encuentran sumergidos.

Herbert Marcuse, 1964

Los actuales adolescentes a los que se les priva de un primer contacto profundo con la filosofía —mientras respiran aliviados por ello— desconocerán quienes fueron y qué pensaban Sócrates, Séneca, Platón, Rousseau, Kant, Nietzsche, Wittgenstein o incluso el propio Marcuse. Y lo peor es que todo a su alrededor lo encontrarán diseñado para que no se pregunten quienes fueron. Mucho menos preguntarse quienes son más allá de la imagen que proyectan en Instagram o el mundo que ven a través de Facebook, ajenos a todo pensamiento que les incomode más allá de la duración de un twit.

5 meses ago

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