Adolescentes, capitalismo y moral

—Juanín, ¿qué quieres hacer cuando seas adulto? ¿Cuáles son tus aspiraciones vitales?

Sin apartar la mirada de su móvil, el adolescente contesta con voz monótona:

Quiero ganar muuuucho dinero, pero trabajando lo menos posible.

Ésta es una descripción habitual de los adolescentes de hoy, también conocidos por el anglicismo post-millennials (la generación nacida después del 2000). Niños que han nacido con un smartphone pegado en la mano y en fusión con las redes sociales (si les preguntas, no distinguen entre relaciones dentro y fuera de la red). Futuros adultos que no entienden lo que es estar solo y desconocen el significado de la privacidad e intimidad. Adolescentes dependientes de una tecnología que forma parte de sus procesos cognitivos y sus hábitos más básicos, pero que raramente conocen la lógica booleana que permite su programación o la física de los semiconductores con los que se fabrican (ni falta que les hace).

Sigue leyendo Adolescentes, capitalismo y moral

La huida de la responsabilidad

Se podría decir que el ciudadano moderno desea entregarle todas sus responsabilidades al Estado.

No quiere proteger su casa, sino ser protegido por la policía.

No quiere educarse para educar a sus hijos, sino entregarlos para que los adoctrinen y transformen en funcionales robots, sumisos y políticamente correctos.

No quiere decidir qué comer, qué beber, o si va a fumar o dejar el cigarrillo: quiere que la burocracia médica le imponga la receta lista.

No quiere crecer, tener conciencia, ser libre y responsable: quiere un padre estatal que lo cargue en el regazo y contra el que aún pueda hacer berrinches, golpeándose el pecho en defensa de sus ‘derechos’.

El Estado sonríe, porque sabe que, cuantos más “derechos” concede a ese cretino, más leyes son promulgadas, más empleados son contratados para aplicarlas, más puestos burocráticos son creados, más impuestos se cobran para sostenerlos y, en fin, más pequeño es el margen de libertad que queda y más dependen de Papá Estado esos millones de idiotas cargados de “derechos”.

—Olavo de Carvalho