Adolescentes, capitalismo y moral

—Juanín, ¿qué quieres hacer cuando seas adulto? ¿Cuáles son tus aspiraciones vitales?

Sin apartar la mirada de su móvil, el adolescente contesta con voz monótona:

Quiero ganar muuuucho dinero, pero trabajando lo menos posible.

Ésta es una descripción habitual de los adolescentes de hoy, también conocidos por el anglicismo post-millennials (la generación nacida después del 2000). Niños que han nacido con un smartphone pegado en la mano y en fusión con las redes sociales (si les preguntas, no distinguen entre relaciones dentro y fuera de la red). Futuros adultos que no entienden lo que es estar solo y desconocen el significado de la privacidad e intimidad. Adolescentes dependientes de una tecnología que forma parte de sus procesos cognitivos y sus hábitos más básicos, pero que raramente conocen la lógica booleana que permite su programación o la física de los semiconductores con los que se fabrican (ni falta que les hace).

Han crecido envueltos en una burbuja de sobreprotección construida por unos padres horrorizados ante la idea de que puedan llegar a sufrir, aunque sea mínimamente. Toda una generación que, gracias al estado de bienestar y la idiotización de sus padres, se está criando centrada en satisfacer sus deseos inmediatamente y en huir de cualquier frustración. Lo que de paso los aleja de cualquier responsabilidad posible.

Pero el mundo adulto se rige por reglas distintas a las del mundo del niño, basado fundamentalmente en la empatía.

Al mundo adulto —fuera del círculo íntimo de la amistad y la familia— le da igual tus deseos, sueños y necesidades. Nadie te va conceder lo que buscas porque empatice contigo. El mundo adulto sólo te da si tú le satisfaces primero, a través del mercado, sus deseos y necesidades.

Crecer es aceptar la realidad del mundo tal y como es. Entrar y participar del mundo adulto es pues lo más alejado que puede haber del egoísmo miope de la niñez y adolescencia, pues sólo si se satisface a los demás, será posible sobrevivir y medrar.

En el mundo adulto y libre los demás van primero. En el mundo infantil o socialista, uno va primero y espera que los demás le satisfagan en base a unos derechos inventados. Crecer, madurar como adulto, es pasar del paradigma socialista al capitalista.

El adulto que plenamente ha aceptado esta realidad es lo opuesto a la caricatura del capitalista egoísta y cortoplacista que dibuja el socialismo. El capitalista que busca su propio y egoísta enriquecimiento sólo puede lograrlo en la medida que satisfaga a los demás de la mejor manera posible y durante el máximo tiempo posible. Por muy egoísta que sea, nadie va a conseguir sus deseos a base de chantaje emocional sobre los demás. Amancio Ortega no es más rico porque sea el más egoísta, porque haya robado más que ninguno o porque lo haya pedido con mayor pena e insistencia; sino porque ha encontrado e implementado con éxito la manera de satisfacer los deseos de millones de personas.

Crecer y madurar es pues abrazar la responsabilidad de ocuparse de los demás, lo que fundamente la moral del liberalismo.

Ésta es la belleza moral del capitalismo. La mano invisible de Adam Smith es un imperativo vital (de pura supervivencia) que sólo a posteriori podemos envolver o interpretar como moralmente altruista.

La consecuencia es clara y ha sido demostrada hasta la saciedad por la evidencia empírica: A más capitalismo, mejor calidad de vida y más libertad para más personas.

Y de paso, adolescentes capaces de mirar más allá de su ombligo y de su móvil.

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