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Fractal Thoughts

Opiniones personales de un flâneur estocástico

Adolescentes, capitalismo y moral

—Juanín, ¿qué quieres hacer cuando seas adulto? ¿Cuáles son tus aspiraciones vitales?

Sin apartar la mirada de su móvil, el adolescente apenas reacciona y contesta con voz monótona:

—Quiero ganar muuuucho dinero, pero trabajando lo menos posible.

Suponemos que ese dinero sin esfuerzo Juanín lo quiere para continuar mirándose el ombligo indefinidamente, dejando que su cuerpo crezca y envejezca mientras su alma apenas es arañada por la vida.

Ésta es una descripción habitual de los post-millennials (la generación nacida después del 2000). Niños que han nacido con un smartphone en la mano y en permanente contacto con las redes sociales. Futuros adultos que no entienden lo que es estar solo y desconocen el significado de la intimidad. Adolescentes dependientes de una tecnología que se ha fusionado con sus procesos cognitivos y sus hábitos más básicos, pero que raramente conocen la lógica booleana que permite su programación o la física de los semiconductores con los que se fabrican.

Han crecido envueltos en una burbuja de sobreprotección construida por unos padres temerosos de que puedan sufrir, aunque sea mínimamente. Toda una generación que, gracias al estado de bienestar y la idiotización de sus padres, se está criando centrada en satisfacer sus deseos inmediatamente y en huir de cualquier frustración. Esto, de paso, los aleja de cualquier responsabilidad posible.

Sin embargo, crecer, madurar, es darse cuenta de que el mundo gira alrededor de las necesidades de los demás, no sobre las de uno mismo. La única forma de crear valor —y quizá cobrar por ello para ganar ese dinero al que hace referencia Juanín— es ayudando a satisfacer las necesidades de los demás.

¿Por qué el adolescente tiene que dejar de mirarse el ombligo y empezar a pensar en los demás? No son necesarios imperativos morales provenientes de antiguas religiones o códigos de buen comportamiento. Ni siquiera es necesario que el adolescente interiorice el bien moral que realiza cuando ayuda al prójimo.

Todo es mucho más sencillo y práctico: Basta que el adolescente se dé cuenta de que si quiere seguir recibiendo dinero para satisfacer sus deseos, tiene que preocuparse por las necesidades del prójimo. Una vez agotada la reserva de empatía socialista del protector núcleo familiar, en una sociedad libre la única manera de satisfacer las necesidades de uno es satisfaciendo antes las necesidades de los demás. El prójimo va primero, y luego uno mismo. Justo al revés de la jerarquía de valores en las que se le permite “crecer” a Juanín.

Crecer y madurar es pues abrazar la responsabilidad de ocuparse de los demás, fundamentando la moral del liberalismo.

Ésta es la belleza moral del capitalismo. La mano invisible de Adam Smith es un imperativo vital (de pura supervivencia) que sólo a posteriori podemos envolver o interpretar como moralmente altruista.

La consecuencia es clara y ha sido demostrada hasta la saciedad por la evidencia empírica: A más capitalismo, más opciones y más mercados; mejor calidad de vida y más libertad para más personas. Y de paso, adolescentes capaces de mirar más allá de su propio ombligo.

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