El eterno retorno del socialismo

En cada generación hay un selecto grupo de idiotas convencidos de que el fracaso del colectivismo se debió a que no lo dirigieron ellos.

—Javier Pérez-Cepeda

¿Por qué el socialismo vuelve a estar de moda entre los más jóvenes, generación tras generación?

Según una reciente encuesta para The Economist, el 51% de los americanos entre 18 y 29 años tiene una visión positiva del socialismo, y más del 60% del profesorado de las universidades de Estados Unidos se considera afín a las ideas socialistas (una subida del 50% con respecto a 1990).

A pesar de su error teórico y su consiguiente y sistemático fracaso empírico, la popularidad de la ideología socialista (en sus múltiples acepciones de progre, comunismo, marxismo, socialdemocracia de izquierdas, o el anglosajón y equívoco «liberalism«) renace con fuerza generación tras generación.

¿Por qué este continuo retorno? ¿Estamos condenados los amantes y protectores de la libertad a perder la batalla contra las criminales ideologías colectivistas cada vez que renacen una y otra vez, cual Sísifo atrapados en un bucle eterno?

Propongo, a modo de síntesis, tres razones principales por las que creo que la ideología progre es tan atractiva y recurrente, seduciendo especialmente a los más jóvenes de cada nueva generación. Y lo que es más preocupante para el futuro de la humanidad, por qué creo que seguirá siéndolo en el futuro.

—I—

La ideología progre es consistente con las creencias y emociones primitivas acerca de la economía que heredamos de:

  • Nuestra niñez: Una etapa vital en la que no habíamos desarrollado aún un pensamiento racional y objetivo sobre las interacciones libres con los demás. Una familia equilibrada genera espontáneamente un entorno íntimo para el vástago/s con reglas diferentes a las del mundo adulto. Son unas reglas artificiales y necesarias creadas con la intención de favorecer un crecimiento sano de los niños, que se aproximan a una especie de “micro-comunismo utópico» dentro del núcleo familiar y que se mantienen durante su largo y frágil periodo de aprendizaje infantil. Durante esta etapa rigen una reglas muy diferentes a las del intercambio libre de productos y servicios propio de la vida adulta en sociedad. Cuando se llega a la adolescencia, se tiende a proyectar y esperar que la reglas de aquel micro-mundo se extiendan y apliquen también fuera del ámbito familiar. Lo más parecido en ideología a aquel microcosmos infantil es el ideario progre.
  • Nuestra historia evolutiva como cazadores-recolectores: Durante decenas de miles de años, para optimizar nuestras probabilidades de supervivencia, formamos grupos necesariamente reducidos (en torno a unas 150 personas) e independientes unos de otros que apenas interactuaban entre sí. En esas circunstancias, no pudieron emerger las instituciones necesarias para configurar una realidad económica observable y evidente. El trueque y una rudimentaria contabilidad de favores personales mutuos eran suficientes, pues instituciones más elaboradas como el dinero o el capital (consecuencia directa de la idea de propiedad privada y la capacidad de ahorro) carecían de sentido en un entorno tribal. Los epifenómenos sociales que emergen de la interacción de millones de seres humanos auto-organizándose libremente, son fenómenos muy nuevos en términos evolutivos, con los que nuestro cerebro de cazadores-recolectores no está habituado de manera intuitiva. Las ideas abstractas que ha permitido el florecimiento de nuestra civilización occidental, —especialmente durante los últimos dos siglos, como el derecho, la idea de valor, el mercado, el capital, la libertad unida al respeto y la responsabilidad, o la propiedad privada—, no nos fueron necesarias hasta hace apenas unos instantes en términos evolutivos.


—II—

La ideología progre utiliza el pensamiento intuitivo —en vez del crítico, racional y objetivo—, para entender e intentar dar solución a los problemas sociales.

  • El pensamiento o razonamiento intuitivo no requiere esfuerzo, funciona automáticamente entre las bambalinas de nuestro cerebro (herencia gratuita y automática de nuestros millones de años de evolución). Esta forma de razonar instantánea está en línea con la ausente voluntad de esfuerzo de las nuevas generaciones. Una inmensa mayoría —que también vota en las elecciones— prefieren, antes que abordar cualquier problema vía un argumento bien razonado, dar como respuesta un gracioso meme que lleve implícito un simple modelo explicativo del mundo (generalmente una cómoda falacia) que no les haga pensar demasiado.
  • Esto abre la puerta a todo tipo de falacias que se repiten una y otra vez (subir el salario mínimo es bueno para los más defavorecidos, sin impuestos no habría carreteras ni sanidad, etc.), como si cada nueva generación fuera incapaz de aprender de la evidencia empírica o la Historia.
  • Esta simpleza e inmediatez en sus razonamientos, unido a una bondad natural de sus objetivos (punto 3), facilita un sentimiento ciego de pertenencia al grupo y a sus reglas. Una emoción muy reconfortante psicológicamente y valorada por los adolescentes que, al estar construyendo todavía su autoestima y personalidad, buscan la aprobación social del grupo como vía de autoafirmación.


—III—

La ideología progre está motivada explícitamente por las llamadas «buenas intenciones» e implícitamente por la envidia.

  • El pensamiento socialista se considera moralmente superior, por lo que no respeta los valores, creencias, libertad y proyecto de vida del prójimo a no ser que estén en línea con su agenda de «buenas intenciones». Posicionarse públicamente contra la ideología progre se hace difícil, pues se interpreta (antes siquiera de tener la oportunidad de dar argumentos) como estar en contra del objetivo más loable, moral y superior posible: hacer y buscar el mayor bien para todos, especialmente para los que más sufren.
  • El fin justifica los medios. Al considerarse moralmente superior a otros sistemas de valores y paradigmas económicos, se siente legitimado para ejecutar e imponer, aunque sea con violencia, cualquier medida (incluyendo en última instancia la tortura, asesinato y exterminio de la oposición) con el fin de conseguir que se implanten sus «superiores e infinitamente deseables» objetivos.
  • Ignora y desprecia los resultados (que nunca podrán ser los esperados), cuyo fracaso achaca siempre a factores externos o circunstancias ajenas a la propia ideología. Por ejemplo, el horror de la URSS Stalinista (o cualquiera de todos y cada uno de los lugares donde se implementó el socialismo) «no fue verdadero socialismo».
  • Aspira a una igualdad universal y absoluta, por lo que promueve un sentimiento de envidia y rencor por la excelencia y logros ajenos. El éxito de los demás se percibe como un ataque personal, un robo e injusticia intolerable mientras quede alguien (sobre todo uno mismo) que no disfrute de las consecuencias que otros han conseguido. Esta envidia provoca una desconfianza y resentimiento hacia las inevitables diferencias que existen entre las personas y sus modos de actuación en sociedad. La creencia subyacente es que si alguien es mejor o ha conseguido más que uno mismo, es porque ha robado, se ha aprovechado de alguna situación privilegiada, o directamente ha cometido injusticias contra otras personas para conseguir llegar allí. La hipótesis de un mayor talento, constancia y esfuerzo queda descartada por imposible, siendo tachada de facha o «falacia neoliberal» cualquier argumento que no incorpore la injusticia en algún punto.
  • Cree (peligrosamente como nos ha mostrado la Historia) que el único obstáculo para conseguir plegar la realidad a nuestros «legítimos deseos» de justicia es la oposición de alguien o algo (como por ejemplo la falacia de que existe una lucha de clases). Es decir, si no vivimos en un paraíso socialista es porque alguien o algo lo está impidiendo por pura maldad hacia la Humanidad. La posibilidad de que su utopía vaya en contra de la naturaleza del ser humano y de la realidad económica se descarta. Por lo tanto, cualquiera que manifieste no ser de izquierdas es pues considerado una «mala persona» (pues se asume capciosamente que está en contra de «las buenas intenciones», de mejorar el mundo y ayudar a los más necesitados), es por definición «el enemigo» y por tanto un obstáculo «a eliminar» para implantar dicho «necesario y justificado paraíso en la tierra».


En conclusión, resulta perfectamente natural crecer de joven con una mentalidad progre. Yo mismo me consideré «de izquierdas y anticapitalista» durante la mayor parte de mi juventud, especialmente durante mi educación secundaria y universitaria (la historia de cómo me caí del caballo camino a Damasco la dejo para un futuro post).

Sin embargo, permanecer ciego a la evidencia empírica y no reconocer el terrible daño que «la ideología de las buenas intenciones» acaban siempre produciendo, más allá de la pereza por aprender Economía e Historia, sólo puede estar motivado o por una estupidez supina o directamente por la maldad.

Cuando lo que separa la civilización de la barbarie es escribir o no una simple pregunta en Google sobre las consecuencias reales de intentar implantar el socialismo —algo que apenas ningún joven se toma la molestia de hacer en su capitalista móvil—, es que quizá estamos condenados a repetir la Historia una y otra vez, como Sísifo arrastrando la roca de los dioses eternamente.

Nota: Una versión previa de este post fue publicado originalmente en El Club de los Viernes.

Un comentario sobre “El eterno retorno del socialismo”

  1. Hola. Muy buen artículo. Me ha gustado mucho. Toda mi familia y amigos son socialistas. Yo soy liberal, creo profundamente en el libre mercado, y no deja de sorprenderme cuanta gente a mi alrededor sigue creyendo en esa falacia, aun después de todos los fracasos empíricos que ha habido en la historia. Me parece muy buen análisis el que haces. Yo también creo que esos sesgos cognitivos heredados del pasado y el pensamiento simplista de primer nivel son en gran parte los causantes de que el socialismo esté tan de moda siempre. Un saludo.

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