Sobre el Gran Punto Rojo

Una charla TED no aparece de repente en Internet, ni se improvisa momentos antes de situarse sobre el “gran punto rojo”. En realidad, y aunque el orador no sea consciente de ello, se gesta años antes de que exista, y su proceso de alumbramiento suele ser tan exigente como gratificante. Esta es la historia de cómo viví la preparación de la charla que di en TEDxAlcoi “Las inversiones botijo: cómo hackear la industria de la inversión“.

Las charlas TED, por muy diferente que sea su temática, tienen algo en común: el deseo de comunicar al mundo algo que nos parece importante o merece la pena ser contado.

Pero no todas las ideas dignas de contarse se convierten en un TED Talk. Cuando la urgencia por contar esa idea al mundo no surge de uno mismo, suele ser un amigo —relacionado de alguna manera con el mundo TED—, quien propone ¿casualmente? el tema de que tal o cual idea podría convertirse en un TED Talk…

Desde ese momento, como el virus de una enfermedad de larga incubación, el cerebro de la víctima —yo, en este caso— queda contagiado. La idea de hacer una charla sobre aquel tema se irá incubando dentro de nosotros. Hasta que un día empezamos a creer que sí, que efectivamente no sólo se podría convertir en una charla mínimamente interesante, sino que llega a parecernos incluso necesario que “todo el mundo” pueda acceder libremente a esa idea “tan importante”.

A toro pasado uno se da cuenta de que aquel amigo relacionado con el universo TED (cuyo lema es, recordémoslo, ideas worth spreading), hizo muy bien su trabajo durante aquella “inocente” charla inicial.

En mi caso aquel amigo fue el profesor de la UPV el Dr. David Pla. Los que le conocemos sabemos que David es un maestro en implantar sibilinamente ideas a su alrededor, como si de los protagonistas de la película Inception (Origen) se tratara. Sin darnos cuenta, va plantando minúsculas semillas de futuros árboles, provocando que tarde o temprano acabemos ayudando a construir un mundo mejor.

Fase 1

En el desarrollo de mi charla TED he podido identificar varias etapas. La primera fase es la toma de conciencia. Ese momento en el que uno ve claro que “aquella idea” merece ser contada también en formato TED. Puede tomar unos meses, hasta años. O no ocurrir nunca.

Fase 2

La segunda fase empieza después de volver a comentar con nuestro “amigo TED” que sí, que “hay charla” y nos comprometemos a ello. Es la fase de “trabajo mental escondido y silencioso” en la que le damos vueltas durante meses a cómo enfocar la comunicación de la idea, a cómo contarla de la mejor manera posible. Desechamos aproximaciones, enfoques, y volvemos a empezar. Llevamos el proyecto de charla en nuestra cabeza a todas partes y en todo momento como quien lleva una partida de ajedrez aplazada. Buscamos hilos conductores, una historia que hilvane el mensaje y lo haga interesante, las metáforas adecuadas para hacerlo comprensible, etc. En esta fase es muy útil leerse el libro de Chris Anderson (el creador de TED) Charlas TED, así como otros trabajos realizados sobre presentaciones efectivas como por ejemplo Resonancia de Nancy Duarte y The Art of Explanation de Lee Lefever.

También ayuda mucho ver cuantas más charlas TED podamos, mejor. Analizarlas desde un punto de vista estructural, dándonos cuenta de cómo el orador nos lleva de la mano a través de la historia que nos cuenta utilizando anécdotas, humor, etc. El objetivo es encontrar nuestra propia voz y nuestro propio hilo narrativo para contar lo que queremos contar.

Fase 3

Comienza la fase de concretar y ponerla por escrito. Esta fase encierra muchos peligros, pues a no ser que estemos acostumbrados al formato TED, corremos el riesgo de enredarnos en mil sub-secciones y acabar escribiendo un proyecto de tesis doctoral o algo peor. Sobre todo si uno es por naturaleza dado a escribir y enrollarse más de lo habitual; ejem.

La fase de redactar el primer borrador es la que yo personalmente más he disfrutado. Recopilar y contrastar la información, poner las ideas en orden para que encajen en la idea que quiero contar, hasta darle forma estructurada y coherente, ha sido un gran placer intelectual.

Una vez el discurso puesto en negro sobre blanco, uno manda ilusionado el primer borrador a su “mentor TED” (la persona que nos va a ayudar a encajar en el formato TED y hacer nuestra presentación lo más impactante y efectiva posible) y espera su feedback.

Es entonces cuando chocamos por primera vez con la realidad. El documento que nos devuelve nuestro amigo y mentor tiene más párrafos tachados que un fichero desclasificado de la CIA. En mi caso, más de la mitad del primer borrador fueron directamente a la basura. No porque no fuera relevante o interesante la información que narraba, sino simplemente porque había que poner rumbo a los 12 minutos máximos de tiempo que me habían concedido.

Dudas

La primera palabra en la que pensé tras recibir el primer feedback es “imposible”. Triste e impotente, escribo un whatsapp a David: “Después de pasar por tus tijeras, creo que va a ser imposible contar lo que quiero contar en sólo 12 minutos. Quizá me he equivocado al aceptar el desafío de dar una charla TED”.

El mentor entonces te convence por segunda vez de que sí es posible. De que sólo hay que contar y profundizar lo imprescindible, y no más, para que se entienda el mensaje final.

Fase 4

Comienza entonces una de las fases más dolorosas y trabajosas, la del “adelgazamiento” del discurso. Entre tu mentor TED y tú, en sucesivas idas y venidas, se va adelgazando el documento increíblemente. Lo que ocupaba 1 página se queda en un párrafo. Lo que parecía necesario contar en dos párrafos, se resumen con una frase graciosa en el momento oportuno.

Porque no vale cualquier “adelgazamiento”. Hay que ser conscientes de que para dar una charla mínimamente soportable, hay que emocionar, conectar, explicar y entretener a partes iguales. Ahí es nada. Así que se adelgaza el texto no sólo para ser más breves, sino para llegar mejor al público.

En esta fase se pide ayuda a amigos y familiares, que por entonces ya empiezan a estar un poco cansados de que uno saque el tema a la mínima oportunidad (¡y lo que les queda por sufrir!). Que si esta metáfora no es apropiada o no se entiende, que si este dato es mejor darlo al revés, etc.

Personalmente esta fase me ha preocupado mucho porque irremediablemente hay que sacrificar el típico y necesario rigor al hablar de inversiones financieras, por mensajes cortos y más intuitivos, que todo el mundo pueda entender y retener. Porque cuando se simplifica demasiado un tema, se corre el peligro de tergiversar o provocar malentendidos. Y yo no quería decir o transmitir ideas que no fueran rigurosas. De nuevo el límite está en decir sólo aquello que sirva para hacer llegar el mensaje al público, aún a costa de perder rigor. No sé si lo he conseguido.

Fase 5

Al final de recortar y reescribir tantos borradores, queda un texto ajustado al tiempo disponible. Satisfecho, pensamos que ya lo tenemos casi todo hecho. Inocentes o novatos, desconocemos que falta la fase más dura y difícil, al menos para mí: el “speech delivery”, o la representación en escena del texto.

El obstáculo es el camino

Para los que nunca hemos trabajado la memoria (como es el caso general de los que venimos de ciencias puras) esas pocas páginas de texto que tanto nos ha costado destilar, de repente se convierten en una montaña inalcanzable a la hora del “delivery”.

“Se me olvida esto, se me olvida aquello, qué viene ahora, qué digo después de esta diapo para conectar las dos ideas, este texto parece leído de la enciclopedia y hay que cambiarlo…” Uno se da cuenta entonces del inmenso trabajo que hacen los actores de teatro, monologuistas profesionales; o los opositores que tienen que defender un tema oralmente frente a un tribunal.

¡Qué cómodo es escribir cuentos, artículos, posts o incluso libros; tecleando a solas frente a la pantalla del ordenador; y qué duro es el “delivery” a pecho descubierto frente a los demás, vulnerable y sin lugar para esconderse!

Faltan unas semanas y llegan los nervios, las dudas. “No voy a ser capaz de recordarlo todo, ¡me voy a quedar en blanco en el escenario, y va a quedar grabado para toda la eternidad en Internet!”, son pensamientos negativos recurrentes a medida que se acerca el TED talk.

Nuestro mentor TED ya no nos puede ayudar más. Nadie puede hacer ese trabajo por nosotros. Hay que ensayar, ensayar y ensayar; no hay otra. Repetir la charla frente a amigos y familiares (ya más que hartitos del tema) y descubrir no sólo que no nos acordamos de todo, sino que algunas cosas hay que decirlas de otra forma, más breve, más directa, con otras palabras.

El texto que creíamos perfecto y pulido para siempre en su n-ésima revisión, vuelve a cambiar y reescribirse varias veces mientras ensayamos. Hay que utilizar un lenguaje hablado, no escrito, y dar continuidad al paso de las ideas y los temas. Las horas de trabajo se acumulan. Lo que hace un año pensábamos que nos iba a ocupar un par de fines de semana, acaba por monopolizar todo nuestro tiempo libre semanas o meses antes del TED talk.

Pánico

Pero las sorpresas no han terminado. Nuestro mentor TED nos dice que nos grabemos en vídeo, que así veremos más fácilmente en qué tenemos que insistir más o corregir. Así que ni corto ni perezoso pongo el móvil a grabar y suelto el speech hablándole a Chomsky, mi labrador negro, que me mira con paciencia infinita.

Horror, pánico, incredulidad… son las emociones que nos asaltan cuando nos vemos por primera vez en vídeo soltando nuestro speech ¿Pero quién es ese tío hablando tan mal y que se mueve de manera tan ridícula? “Ese” no puedo ser yo… ¿Cómo es posible que alguien alguna vez me haya escuchado cinco minutos? Nos hemos acostumbrado a vernos en fotos, pero verse en vídeo soltando un monólogo es entrar en una nueva dimensión, al encontrarnos con cómo nos ven los demás quizá por primera vez. De paso nos damos cuenta realmente de lo mucho que nos queda por trabajar el delivery y los pocos días que quedan para el TED Talk.

Ensayo general

Hasta el día del ensayo general, ya en Alcoi y con la mayoría de ponentes compartiendo nervios e ilusión a partes iguales. Algunos tienen la charla tan trabajada que solo se les puede dar un gran aplauso al terminar su ensayo. Otros muestran los nervios del directo. Pero estar ahí arriba, pisando el punto rojo, nos ayuda, y poco a poco se van limando los obstáculos. Ganamos en confianza, nos animamos unos a otros. Empezamos a creer que vamos a ser capaces de dar la charla. Quizá no la charla perfecta que habita nuestra imaginación, pero sí una charla capaz de transmitir esa idea que valía la pena contar.

El gran día

Más de 1000 asistentes, 23 oradores, docenas de voluntarios TED ayudando a que todo salga bien… Último repaso mental. A pesar de estar tan ocupado, el mentor se acerca y te susurra que no te preocupes, que si se te olvida algo vas a ser el único que se va a dar cuenta, y que lo importante es transmitir el mensaje, no recordar todo lo que quieres decir a la perfección.

David sale a escena. Te presenta frente al público con unas frases sin duda graciosas y estimulantes, pero que ya no escuchas porque tu cabeza, tu cuerpo y tu alma están 100% en transmitir al mundo tu idea. Unos aplausos y pisas el punto rojo; sonríes y comienza la charla…

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Agradecimientos

Como he comentado al principio, una charla TED no surge espontáneamente, ni se improvisa cuando uno pisa el gran punto rojo sobre el escenario. Al contrario, es un proceso de meses, o incluso años, en el que intervienen muchas personas. Personas que viendo sólo el vídeo no se sospecha lo mucho que han contribuido a que la charla esté accesible para todo el mundo en Internet.

Por eso me gustaría agradecer públicamente la contribución de todo el equipo técnico y de apoyo de @TEDxAlcoi. Pero especialmente al Dr. David Pla, alma mater del evento, quien me metió en este “embolao” al confiar en que sería capaz de dar una charla breve, interesante y enriquecedora, sobre un tema tan aburrido, extenso y abstracto como los fondos de inversión y las inversiones.

Han sido unos meses de inesperado trabajo y sufrimiento (¡Si lo sé no vengo, David!), pero que han valido mucho la pena. Sus legendarias “tijeras” recortaron —dolorosa pero necesariamente— muchas páginas de los interminables borradores iniciales. Razonamientos y puntualizaciones rigurosas que me parecían interesantes y necesarias, pero que eran ‘irrelevantes’ para el mensaje final que quería transmitir: Nos dejamos tomar el pelo por la industria financiera, cuando uno en casa es capaz de invertir sus ahorros igual o mejor que la mayoría de los profesionales. Las ideas de David permitieron darle frescos giros a un monótono y casi académico texto original, ayudando a que menos público se durmiera durante mi charla.

A mi primo Juan, quien a pesar de su siempre apretada agenda, me dedicó todo un fin de semana a intentar poner remedio a mi patológica falta de memoria. No sólo me ayudó a superar lo que creía imposible —retener y poder contar con cierta naturalidad mis ideas— sino que me regaló un método de trabajo que llevaré siempre conmigo. (Por cierto, la sobrasada casera de Mallorca —que compartimos con su mujer Ana—, ayudó bastante a soportar el alto nivel de exigencia de mi primo).

A Martín Huete y Pablo Fernández, valientes pioneros en España de la denuncia y divulgación de una industria que sigue timando al pequeño ahorrador cómo y cuando le da la gana. Especialmente a Martín por inspirarme a la hora de condensar en breves frases la potencia a largo plazo tanto de la erosión de las comisiones como del crecimiento exponencial —sin entrar en detalles matemáticos que generalmente confunden a quienes queremos ayudar.

A mi hermano Jorge por ayudarme con elementos gráficos de la presentación, y a Rosana Gadea por conseguir in extremis un auténtico botijo alcoyano para acompañarme sobre el punto rojo.

A Quique Pedrós, gran jugador de ajedrez, monologuista y mejor amigo, por regalarme preciosos consejos y píldoras de humor con las que aderezar y transformar mi aburrida disertación.

A Chomsky, nuestro sabio labrador negro, quien disfrutaba tanto de mis ensayos que lo celebraba con siestas cada vez más extensas y profundas.

Y finalmente pero no menos importante, a mi pareja Jessica. Primero por ayudarme a descartar docenas de ideas “locas” y recortar varias páginas del primer borrador. Segundo por soportar mis ensayos con paciencia infinita. Y tercero y sobre todo, por perdonar las innumerables veces que mi mente abandonaba el presente junto a ella y decidía unilateralmente seguir elaborando por su cuenta fragmentos de la charla en un tiempo y una galaxia muy lejana…

Gracias a todos. Por supuesto, cualquier fallo o error en la charla es sólo mío, faltaría más.

One Comment

  1. Enrique Gallego

    Por todo lo que explicas tan bien, hace años que renuncié a protagonizar este tipo de shows. Como Bartleby el escribiente, llegué a la conclusión de que preferiría no hacerlo.

    En cuanto al contenido (dado que no hay espacio para los comentarios en la entrada correspondiente del inversor sobrio) te hago una importante observación:

    La charla es impecable en su crítica y denuncia al establishment financiero, dentro de la insoportable levedad que a veces se da al tener que comprimir en pocos minutos cuestiones complejas. Pero falla al dibujar a vuelapluma una posible alternativa con las “fórmulas mágicas” de inversión que tan buenos resultados han dado y que están seduciendo a muchos inversores que siguen sin ser conscientes de lo que implica el problema de la inducción en un terreno tan dominado por lo empírico como es el de los mercados.

    La cuadratura del círculo consistente una (alta) rentabilidad similar a la bolsa con mucha menor volatilidad es tan sospechosa que tenías que haberla sometido a un análisis crítico buscando sus causas en vez de limitarte a anotar el hecho constatado.

    Parece bastante evidente que el anómalo (por lo bueno) comportamiento histórico de estas estrategias se debe al “efecto mariposa” derivado del corrimiento del decimal un número a la izquierda en la rentabilidad del bono del tesoro a 10 años: del 15% a mediados del 81 al 1,5% a mediados de 2016. No sólo por su efecto en los bonos sino también en las valoraciones de bolsa y oro.

    Obviamente, esto es irrepetible y aboca a la desilusión, frustración y melancolía para los que se embarquen en ellas con unas expectativas equivocadas de rentabilidad.

    Ojo, no las descalifico, son buenas y válidas pero dentro de sus límites: menor expectativa de rentabilidad a cambio de menor riesgo, eliminación de componentes discrecionales y emocionales en la toma de decisiones de inversión y extrema simplicidad. Luego, a modo de bonus, puedes tener además una alta rentabilidad como en los últimos años, pero esto depende de la suerte.

    Llevo muchos años trabajando en la fabricación de botijos, con más o menos éxito. Me gustaría compartir ideas.

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