Ahora

Soy una mota de polvo cósmico a la que se le ha concedido el privilegio extraordinario, estadísticamente casi imposible, de ser consciente de sí misma.

He estado muerto un tiempo infinito antes de pensar esto (¿Por qué no nos angustiamos por no haber existido los eones previos a esta vida?) y seguiré muerto otro infinito después. Tal y como permanece el resto del indiferente Universo del que formamos parte.

Es estúpido, arrogante y miope preguntarnos si es esta vida todo cuanto hay: el verdadero y fugaz milagro está ocurriendo ahora.

Sucio cerdo capitalista

Caricatura del capitalismo: Un tío desalmado, preferentemente gordo y calvo, fumando un cigarro y acumulando riqueza sin freno —muy probablemente gracias a alguna artimaña ilegal y amoral— a costa de unos trabajadores que son explotados hasta la extenuación.

Capitalismo real: Tras la purga del 90% entre los que lo intentaron y fracasaron, los que sobreviven suelen sacrificar años, salud y familia para poder simplemente ganarse la vida. Los empresarios reales arriesgan su propio dinero para algo tan loco como proporcionar bienes o servicios que otros desean (y están dispuestos a pagar por ello), mientras reinvierten los beneficios (cuando los hay) en su negocio porque no saben cuándo su idilio con el cliente terminará, ni tampoco si su reinversión resultará exitosa.

La maldición del emprendedor o empresario es que, fracase o tenga éxito, su entorno nunca le comprenderá.

Escribir

¿Por qué escribo?

La respuesta a bote pronto es porque no puedo evitarlo. Pero si analizo un poco más en profundidad las fuerzas que me mueven a ello descubro que en realidad escribo para no sentirme solo.

La soledad, entendida en su sentido negativo de aislamiento no deseado, no proviene de estar rodeado de más o menos gente; sino de tener la sensación de que lo que a uno le importa no le importa a nadie más.

La necesidad de escribir es por tanto equivalente a la necesidad humana de comunicarse y sentir la conexión con los otros.

Por eso, cuando alguien comenta o me felicita por algún artículo, no es mi ego el que se alegra. La alegría proviene directamente de sentir que uno, durante unos instantes, no está solo en este frío e indiferente Universo.

Cultura emprendedora

Emprender, en la cultura española, está envuelto por un pensamiento mágico con forma de proyección lineal. Se sobrevalora a quien no ha fracasado antes ni cometido errores, como si le protegiese un halo especial del que carecen los demás, por lo que se le asigna una mayor probabilidad de éxito en su siguiente proyecto.

Al mismo tiempo, se minusvalora y rechaza al que ha fracasado previamente, pues se le otorga una mayor probabilidad de volver a fracasar («algo estará mal con él/ella», he llegado a oír decir).

En cambio, la cultura estadounidense funciona al revés. Se sospecha de quien aún no ha fracasado porque sus éxitos hacen indistinguible su talento de la suerte. Y se valora más a los que ya han fracasado varias veces, pues ya se han enfrentado con los caprichos de la fortuna; con esa gran parte del mundo que no se puede controlar y del que depende tanto el resultado final.

Adolescentes, capitalismo y moral

—Juanín, ¿qué quieres hacer cuando seas adulto? ¿Cuáles son tus aspiraciones vitales?

Sin apartar la mirada de su móvil, el adolescente contesta con voz monótona:

Quiero ganar muuuucho dinero, pero trabajando lo menos posible.

Ésta es una descripción habitual de los adolescentes de hoy, también conocidos por el anglicismo post-millennials (la generación nacida después del 2000). Niños que han nacido con un smartphone pegado en la mano y en fusión con las redes sociales (si les preguntas, no distinguen entre relaciones dentro y fuera de la red). Futuros adultos que no entienden lo que es estar solo y desconocen el significado de la privacidad e intimidad. Adolescentes dependientes de una tecnología que forma parte de sus procesos cognitivos y sus hábitos más básicos, pero que raramente conocen la lógica booleana que permite su programación o la física de los semiconductores con los que se fabrican (ni falta que les hace).

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Las 3 fases del emprendedor

Fase 1. Tengo una idea genial. En este trabajo de mierda estoy perdiendo el tiempo y desperdiciando mi vida. El mundo necesita mi idea. Tras pensarlo mucho y ahorrar, abandono la droga idiotizante y castradora de la nómina y me lanzo a emprender. Mi producto/servicio va a solucionar/hacer la vida más fácil a un montón de personas. Porque sin duda la gente es inteligente y sabrá apreciar, si soy lo suficientemente paciente y perseverante, la superioridad de mi servicio/producto. Mi idea es tan buena, que cuando lo ponga en el mercado no solo voy a mejorar el mundo y dejar mi huella, sino que encima me voy a forrar.

(Después de algunos años, ahorros volatilizados y quiebras inesperadas…)

Fase 2. La gente es tonta. Nadie quiere invertir en mi startup o comprar mi solución… Estos estúpidos no reconocen su enorme valor y me están matando de hambre mientras intento solucionarles la vida…

(Más años, fracasos, ruinas económicas y desastres personales después…)

Fase 3. ¡Menos mal que la gente es «tonta»! …y puedo venderles lo que piden.

Y así es como uno aprende, más allá de la abstracción de los libros de texto, lo que es el mercado, su belleza cruel e indiferente, ese proceso social que no valora el tiempo de trabajo dedicado, ni nuestras buenas intenciones, ni lo revolucionaria o genial que pueda parecernos nuestra idea; sino la simple satisfacción de una necesidad o deseo. Pues la gente no quiere algo porque sea bueno, es bueno porque la gente lo quiere. 

Pero a pesar de esa cruel indiferencia, es el proceso social más eficiente y moral que ha encontrado el ser humano para progresar en el largo plazo y mejorar su fugaz estancia en este Universo hostil.

El eterno retorno del socialismo

En cada generación hay un selecto grupo de idiotas convencidos de que el fracaso del colectivismo se debió a que no lo dirigieron ellos.

—Javier Pérez-Cepeda

¿Por qué el socialismo vuelve a estar de moda entre los más jóvenes, generación tras generación?

Según una reciente encuesta para The Economist, el 51% de los americanos entre 18 y 29 años tiene una visión positiva del socialismo, y más del 60% del profesorado de las universidades de Estados Unidos se considera afín a las ideas socialistas (una subida del 50% con respecto a 1990).

A pesar de su error teórico y su consiguiente y sistemático fracaso empírico, la popularidad de la ideología socialista (en sus múltiples acepciones de progre, comunismo, marxismo, socialdemocracia de izquierdas, o el anglosajón y equívoco «liberalism«) renace con fuerza generación tras generación.

¿Por qué este continuo retorno? ¿Estamos condenados los amantes y protectores de la libertad a perder la batalla contra las criminales ideologías colectivistas cada vez que renacen una y otra vez, cual Sísifo atrapados en un bucle eterno?

Propongo, a modo de síntesis, tres razones principales por las que creo que la ideología progre es tan atractiva y recurrente, seduciendo especialmente a los más jóvenes de cada nueva generación. Y lo que es más preocupante para el futuro de la humanidad, por qué creo que seguirá siéndolo en el futuro. Sigue leyendo El eterno retorno del socialismo

La huida de la responsabilidad

Se podría decir que el ciudadano moderno desea entregarle todas sus responsabilidades al Estado.

No quiere proteger su casa, sino ser protegido por la policía.

No quiere educarse para educar a sus hijos, sino entregarlos para que los adoctrinen y transformen en funcionales robots, sumisos y políticamente correctos.

No quiere decidir qué comer, qué beber, o si va a fumar o dejar el cigarrillo: quiere que la burocracia médica le imponga la receta lista.

No quiere crecer, tener conciencia, ser libre y responsable: quiere un padre estatal que lo cargue en el regazo y contra el que aún pueda hacer berrinches, golpeándose el pecho en defensa de sus ‘derechos’.

El Estado sonríe, porque sabe que, cuantos más «derechos» concede a ese cretino, más leyes son promulgadas, más empleados son contratados para aplicarlas, más puestos burocráticos son creados, más impuestos se cobran para sostenerlos y, en fin, más pequeño es el margen de libertad que queda y más dependen de Papá Estado esos millones de idiotas cargados de «derechos».

—Olavo de Carvalho

Impuestos, 1

¿Por qué está mal visto quejarse del pago de impuestos?

Subyace la creencia compartida de que estamos contribuyendo a una mejor y más justa sociedad. Este dogma cristaliza en ideas como la de que sin los impuestos no tendríamos carreteras, ni sanidad, ni ayudas a los más necesitados, ni podríamos pasear tranquilamente por el centro de la ciudad sin que nos secuestraran o directamente nos pegaran un tiro. La creencia de que con los impuestos ayudamos a construir, «entre todos», unos servicios mínimos que satisfacen unas necesidades (sanidad, educación, etc.) que hemos transformado en «derechos universales de todas las personas». Además, se da por hecho que no hay otra manera de conseguir ese paraíso socialdemócrata consistente en una «sociedad civilizada que cuida de los suyos, especialmente de los más desfavorecidos». Sigue leyendo Impuestos, 1